En un rincón del mundo, mucho más antiguo y viejo que tú, que yo y que todo lo que conocemos, encontramos los verdaderos dinosaurios, tan antiguos como nuestro calendario… En estos confines, donde la tierra emergió por primera vez, con formaciones tan monstruosas como fascinantes, la naturaleza escribe su historia en rocas que han visto el paso de eones, en paisajes donde el tiempo parece haberse detenido. Aquí, el viento susurra secretos de Vida que solo los más viejos árboles y montañas saben interpretar.
Y entre estos paisajes casi mitológicos, donde la jungla se mezcla con la neblina de la mañana y el sol apenas toca la superficie de los antiguos picos, se encuentra nuestro maravilloso protagonista de hoy: El cerro Autana o árbol de la Vida, en el macizo guayanés, fue declarado monumento natural en 1978. Es uno de los tepuyes del sur de Venezuela, con aproximadamente 1.300 metros de altura. Y dentro de esta montaña, hay una cueva formada enteramente de cuarzo, que mide 400 metros de longitud y 45 metros de altura.
Cuenta la leyenda que en tiempos remotos, cuando el mundo aún estaba envuelto en la neblina de los primeros días, el dios Wahari creó un orden perfecto. Decidió que los hombres no deberían trabajar, pues todo lo que necesitaban crecería en un árbol mágico: el Wahari-kuawai (El Autana), el «Árbol de los Frutos del Mundo». Frutas, raíces y nueces caían del árbol como regalos del cielo, y los hombres vivían tranquilos, sin esfuerzo, en un equilibrio celestial.

Pero la curiosidad y la codicia comenzaron a hacerle mella a este paraíso. Una ardilla traviesa, un tucán de pico largo y un pájaro carpintero, seres que eran antepasados de los hombres actuales, se cansaron de recoger su comida. Pensaron que sería mucho más sencillo derribar el árbol, así no tendrían que esperar más para disfrutar de sus frutos.
Entonces, con sus pequeños cuerpos y sus fuerzas limitadas, comenzaron a talar el árbol sagrado. Día tras día, mes tras mes, trabajaron sin descanso, como si la propia magia del árbol los incitara. Finalmente, tras mucho esfuerzo, el árbol cayó con un estruendo que resonó en toda la tierra, sin embargo, algo terrible sucedió: los frutos se pudrieron al instante, las ramas gigantescas se desmoronaron y cayeron al río Cuao, trayendo consigo una devastación nunca antes vista.
La mitología Piaroa también cuenta que el Autana, el majestuoso árbol de la vida, se alzaba tan alto que su cima tocaba el infinito, y sus ramas, llenas de frutos, caían para dar vida y formar la Amazonía. El cerro Autana es visto como las raíces de este árbol sagrado que quedaron como una huella del pasado, un símbolo de la conexión entre el mundo terrenal y el plano espiritual. Los indígenas de esta zona, no solo creen en un Dios creador de la naturaleza, sino que la naturaleza misma es la manifestación de lo divino, y en su contacto directo con ella se encuentra la verdadera espiritualidad.

Ellos también tienen la creencia que entre los frutos que este árbol ofrece, se encuentran el respeto, la solidaridad, la fluidez, la energía, la vida y la sabiduría. Dones valiosos para nosotros, un símbolo que guarda los valores que en tiempos de oscuridad y guerra, será la luz que guiará a la humanidad, el refugio de esperanza y los seres que mostrarán la sabiduría más profunda.
«Cuenta la leyenda Houttuja que el Autana es el árbol de la vida; aquí comenzó todo. Las primeras plantas, animales, hombres, ríos, peces, flores, aves y la suma de lo que existe nacieron en este macizo. Ahora solo podemos ver parte del tronco porque el árbol cayó hace mucho tiempo en una de esas guerras entre el bien y el mal protagonizadas por los Dioses Houttuja. Las ramas del follaje caído dieron origen a las serranías del estado Amazonas, y su tronco se yergue imperturbable como un altar que recuerda a la etnia ese origen de la vida.» Texto: Por Álvaro Montenegro Fortique.
El árbol Wahari-kuawai o el cerro Autana representan la fuente misma de la vida, la generosidad, la fertilidad y el origen de la creación. Así como nuestras «Floras», a quienes llamamos cariñosamente, y que al igual que el Autana, simbolizan la esencia de la naturaleza. Ellas son vida, solidaridad, fertilidad y generosidad infinitas, ofreciendo lo más valioso de sí mismas. Al igual que el Wahari-kuawai ofrece sus frutos al mundo, nuestras Floras entregan una parte de sí para que otros puedan también traer vida a este mundo. A través de su generosidad, ellas contribuyen a la creación de nueva vida.
De la misma manera en que el árbol sagrado alimentaba y sostenía a los primeros hombres, las donantes de óvulos, a través de su generosidad, brindan la posibilidad de nuevos comienzos. Así como el árbol entregaba sus frutos al mundo, ellas entregan una semilla de vida, un acto de fertilidad y creación que resuena a través de generaciones.

Al igual que la tierra fértil que brota de las ramas caídas del árbol, nuestras Floras nutren la tierra de la vida humana, donde antes parecía haber desolación. La conexión entre la naturaleza y la fertilidad es eterna; las montañas, formadas por la fuerza de la creación, nos recuerdan que cada semilla, cada óvulo, tiene el poder de transformarse en algo más grande, más eterno. En su generosidad, las donantes permiten que esta semilla de vida se cultive, crezca y florezca.
Mientras que el deseo egoísta de los antiguos seres causó la caída del árbol y la desolación, las donantes de óvulos actúan con un corazón lleno de amor y generosidad. No esperan nada a cambio, sino que, como guardianas de la vida, su sacrificio crea nuevas oportunidades, fertilidad y esperanza para aquellos que buscan un milagro. Su acto se extiende más allá de ellas, transformando vidas y cultivando futuros.
Un mundo sin niños es un mundo sin futuro. Nuestras Floras, Guardianas de la Vida, están plantando semillas de esperanza, nutriendo el futuro del mundo y asegurando que la rueda de la creación siga girando. A través de ellas, la vida florece, y la promesa de un mañana lleno de amor, luz y generosidad se mantiene viva. Así, como el Autana, que se alza imperturbable como un altar de la creación, nuestras Floras se mantienen firmes, siempre dispuestas a dar, siempre dispuestas a cuidar la vida que continúa creciendo gracias a su sacrificio y generosidad.
Yo Soy Flora porque soy Vida
Yo Soy Flora porque soy simbolo de Generosidad
Yo dono óvulos porque Soy Fertilidad
Yo dono óvulos porque Creo Milagros.

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